LOS SIN-NOMBRE

Miramos para abajo y ahí estaban, eran diez, como nosotros, cinco a un lado y cinco al otro lado, también como nosotros. Ellos sostenían nuestro mundo mientras nosotros le dábamos forma. A pesar de su tarea vital, dura y desagradecida, nunca se habían llevado el mismo reconocimiento que nosotros.

De hecho, apenas tenían nombre. En cambio, cada uno de nosotros teníamos un nombre bien diferenciado y con un significado pleno y trascendental. El pulgar que siempre ayudaba al resto a manejar el mundo, el índice que nos servía para señalar objetivos, el corazón que nos servía para sentir la vida, el anular que nos recordaba el compromiso con lo señalado, y el meñique juguetón y desenfadado como un niño.

Ellos en cambio, tenían nombres tan toscos como el de dedo gordo, denominación del todo desprovista de encanto y que no hacía justicia a su papel en el equilibrio del mundo. O el dedo pequeño, cuyo nombre sólo venía dado en relación a la gradación de tamaño respecto a sus compañeros de formación. Y con el resto todavía hay más delito: segundo dedo, tercer dedo y cuarto dedo. Como mucho al tercero se le llama el de en medio.

Que injusto es el mundo, ninguneando a los que lo sostienen y alabando a los que lo manejan. A partir de ahora pensaremos nombres para los dedos de los pies porque, sin ellos, seríamos nosotros los que tendríamos que lamer el polvo.

Segunda piel

Nos tendimos uno al lado del otro. Estábamos desnudos, pero no del todo, como siempre. La desnudez total era imposible desde hacía años. Nuestros cuerpos estaban cubiertos de una doble piel sintética que nos protegía de las agresiones del exterior: bacterias, hongos, virus, la radiación solar, el roce…

Nos miramos fijamente a los ojos y sonreímos. Sus dedos me recorrieron el torso, los míos acariciaron su muslo. Un estremecimiento interno hizo temblar nuestra segunda piel. Esta, que era una especie de funda transparente que recubría nuestra verdadera piel, hacía de interlocutora con el exterior: nos transmitía la calidez del otro, su olor, su textura.

Esta segunda piel nos protegía para que nada pudiera herirnos pero por mi muy perfecta que fuera, no era nuestra piel de verdad, sino una muralla invisible que evitaba que pudiéramos llegar del todo al otro. La calidez, el tacto, el olor, no eran reales y las emociones, a pesar de que lo intentábamos, tampoco llegaban a serlo totalmente.

Nos miramos de nuevo y nuestras manos dejaron de recorrer un cuerpo que, en realidad, no habíamos ni podríamos tocar nunca.

Luna Llena

Vivían en edificios contiguos, alguna vez habían coincidido, ella saliendo de su portal a toda prisa, él volviendo tranquilamente a casa tras pasear al perro. Nunca se habían saludado, como mucho habían intercambiado alguna mirada indefinida. Ella, pendiente de su apretada agenda laboral. Él, navegando en su propio mundo de escritor. Poco sabían o les interesaba el uno del otro, hasta que una cuarentena les obligó a quedarse en casa durante semanas.

Sucedió en una noche de luna llena, de aquellas que tiñen de plata el mundo y hacen crecer las sombras. Él salió a su balcón, tenía ganas de contemplar la noche. Ella ya estaba en el suyo, apoyada en la baranda y mirando al cielo.


Ambos vivían en la tercera planta y sus respectivos balcones estaban separados por unos metros. Y fue entonces cuando él la vio por primera vez, relajada, pensativa, soñadora. Ella pareció percibir su presencia y le miró para verle también por primera vez, atento, vivo, soñador. Y lo que vieron reflejado en la mirada del otro les gustó porqué sintieron que iba más allá de la apariencia.


Sonrieron con la franqueza de quien parece conocerse de siempre sin haber intercambiado nunca ni una palabra. Empezaron a hablar con la mirada, con los gestos, con el alma, interpretando una danza silenciosa coreografiada por bailarines invisibles. Sus cuerpos etéreos se acercaron, se rozaron, entrelazaron las manos y sus pieles plateadas se fundieron en una de sola que flotaba y se retorcía bajo el manto lunar. Aullaron en el instante en que sus almas se fundieron en una, dando las gracias al auspicio de la centinela de la noche.

Y así, sin palabras, aquellos que se creían desconocidos, hicieron el amor bajo la luz de la luna.

La fiesta

Los días se iban amontonando unos encima de otros, indiferenciados. Daniel vivía solo, con su perro, que afortunadamente estaba sordo y no podía escucharle. Su novia vivía a cincuenta kilómetros y no podía ir a verla ni besarle, más por miedo a la policía que no a la Covid19. También tenía una madre que vivía mucho más cerca, a la que tampoco podía ir a visitar ni abrazar. Daniel también tenía amigos y con ellos, igual que con su novia y su madre, hablaba por videoconferencia. Les veía, escuchaba su voz, reían y hablaban de todo, pero poco a poco aquellas presencias virtuales

empezaron a cubrirse de una pátina de irrealidad. Les acercaba la mano y chocaba con una barrera fría e infranqueable de píxels, en continua re-ordenación para convertirse en sucedáneos de la gente a la que quería.

Necesitaba contacto, calidez humana, algo que le sacara de su abotargamiento emocional. Y decidió organizar una fiesta, algo totalmente prohibido durante el estado de alarma. Si no lo hacía, su estado mental cedería antes que su cuerpo. Mandó invitaciones para celebrar una fiesta.

El día y a la hora convenidos, Daniel colgó unas guirnaldas que tenía por casa, preparó unos refrescos, un pica-pica y colocó dos altavoces en la terraza.

Los vecinos se escandalizaron. De la terraza del Daniel surgía música y voces animadas. No veían a los invitados de la fiesta, pero dedujeron que ni tan sólo debían guardar la distancia de seguridad. Aquello era un peligro para todos y llamaron a la policia.

Cuando la policia entró en casa de Daniel, no le multaron, ni detuvieron, ni tan solo le advirtieron. Cuando la policía vió a Daniel bailando solo, abrazándose a sí mismo y haciendo distintas voces, bajaron la mirada y se fueron por donde habían venido.

LA FESTA

Els dies s’anaven amuntegant els uns sobre els altres, indiferenciats, per donar lloc a setmanes que, a la vegada, també s’aplegaven fins a formar mesos que era difícil saber on començaven i acabaven perquè el dia tres no es diferenciava gaire del vint-i-set o del dotze. En Daniel vivia sol amb el seu gos, que afortunadament era sort i no el podia escoltar. També tenia una xicota que vivia a més de cinquanta quilòmetres i que no podia anar a veure i besar, més per por de la policia que de la Cóvid19. També tenia una mare, que no vivia gaire lluny, però qui tampoc podia anar a visitar ni abraçar. En Daniel també tenia amics i amb ells, igual que amb la xicota i la mare, hi parlava per videoconferència. Els veia, sentia la seva veu, reien i parlaven de tot, però de mica en mica, aquelles presències virtuals començaven a cobrir-se d’una pàtina d’irrealitat. Allargava la mà cap elles i topava amb una barrera freda i infranquejable de píxels, en continua reordenació per convertir-se en succedanis de la gent que estimava.

Necessitava contacte, escalfor humana, alguna cosa que el tragués del seu entumiment emocional. I va decidir organitzar una festa, quelcom totalment prohibit durant l’estat d’emergència. Si no ho feia, el seu estat mental cediria abans que el seu cos. Va començar a enviar invitacions per celebrar una festa a la seva terrassa.

El dia i l’hora convinguts, en Daniel va penjar unes quantes garlandes que tenia per casa, va preparar uns refrescos i un pica-pica per a unes deu persones i va posar dos petits altaveus a la terrassa.

Els veïns no van trigar a escandalitzar-se. De la terrassa d’en Daniel sortia música i se sentia els convidats que parlaven animadament. No els veien però pel to efusiu de les paraules d’uns i altres van deduir que ni tan sols guardaven la distància de seguretat. Aquella festa era un perill per a la seguretat de tothom i no van trigar a trucar la policia per denunciar-lo.

Quan la policia va entrar a casa d’en Daniel no el van multar, ni detenir, ni tan sols advertir. Quan la policia va veure en Daniel ballant sol, abraçant-se a si mateix i fent veus diferents, van abaixar la mirada i van marxar per on havien vingut.

Teràpia

‘D’ va entrar a la cambra xocant, com sempre, amb la part superior del marc de la porta. Mira que feia temps que venia però sempre li passava el mateix. Almenys ara ja no trencava res de la tauleta de la sala d’espera amb la cua. Es va estirar al divan d’esquena a mi. Jo sempre havia d’enretirar una mica la cadira on m’asseia i prenia notes per por que em buidés un ull amb les banyes.

Ara ja m’havia acostumat a ell. No diré que m’hagi estat fàcil. Quasi em desmaio quan el vaig veure a la sala d’espera per primera vegada. M’havia demanat hora per telèfon. La seva veu sonava greu i profunda, com si estigués trucant des d’un soterrani o una cova. No em vaig equivocar de gaire. Volia venir una vegada a la setmana, si podia ser a darrera hora i que no coincidís amb ningú. Potser és famós, em vaig dir a mi mateixa. I sí, en part es podria dir que és molt conegut.

‘D’ em va explicar que tenia problemes amb la culpa, que el seu instint natural el portava a fer coses moralment discutibles. Jo li vaig explicar que el que feia, probablement, era carregar amb una culpa que no era pas tota seva. Ell només donava idees terribles, que els altres, lliurement, triaven realitzar o no. I ‘D’ em responia: però jo els podria parlar de la pau, la generositat, la comprensió. Això ja ho fa Déu i t’asseguro que ho porta pitjor que tu, li vaig explicar. Com que, a part de la relació terapeuta-client, també s’havia establert certa complicitat, li vaig confessar que Déu n’estava fins al cap de munt dels humans, que era igual a través de quina religió es manifestés, que ells sempre trobaven una manera de pervertir el missatge. Et té molta enveja, li vaig dir.

‘D’ va girar el cap i em va mirar amb absoluta devoció. Em vaig adonar que en aquella mirada hi havia imprès el resultat de totes les sessions anteriors. Jo també el vaig mirar, navegant en l’oceà de foc dels seus ulls. Tantes confessions, tantes pors i debilitats compartides. Jo també havia après a estimar-lo i a adorar-lo.

Em vaig sentir ximple per fer-lo estirar al divan, d’esquena a mi, quan jo desitjava tenir-lo de cara o al meu damunt. ‘D’ m’ho va veure als ulls i els dos ho vam saber. Vaig deixar lliscar el vestit cames avall per quedar-me en roba interior, vermella en honor seu. Ell es va aixecar del divan i es va agenollar davant meu, amb els seus llavis a l’alçada del meu melic i amb les banyes fregant-me els pits. Em va mirar amb cara d’àngel, més submís que caigut, em va abraçar engrapant-me de passada el cul i em va dir: perquè no enviem els humans a prendre per sac? Jo li vaig contestar que per anar-se’n a la porra no necessitaven ni a Déu ni al Dimoni.

‘D’, de Diable, va assentir, em va baixar les calces, em va envoltar el cos amb la cua i va començar a descendir pel meu abdomen amb la seva llengua…

EL OMBLIGO DEL MUNDO

Hace dos semanas que ando preocupado por mi salud. No tengo ninguno de los síntomas de la Covid19 pero me pasa algo rarísimo. Mi cuerpo parece que esté mutando, sobretodo una parte en concreto: mi ombligo.

El enchufe del cordón umbilical, que siempre había estado hundido en mi abdomen empezó a abultarse hace más de quince días. No le di más importancia. Total, como que el confinamiento me ha hecho coger algún quilito, debe ser esto. Pero a medida que pasaban los días ha ido creciendo hasta convertirse en una especie de micropene deforme.

Cada día, desde que me levanto hasta que vuelvo a la cama, reviso su estado y parece que cuanto más lo contemplo más grande se hace. No lo he comentado a nadie, ni amigos ni expertos, no quiero incomodar a conocidos ni dar más trabajo a los médicos.

Ahora me lo estoy mirando, ya es más grande que una pelota de tenis e incluso parece que me devuelva la mirada. No se que hacer. A este paso, cuando termine el confinamiento ya tendrá el tamaño de una pelota de balonmano.

Voy a llamar a un amigo para charlar, a ver si así me olvido un rato de mi ombligo.

El dimoni del confinament

Ja portava més d’un mes de confinament i tenia quasi tota la casa ordenada i amb un munt de trastos al rebedor per portar a la deixalleria. Només em faltava l’habitació del fons del passadís, aquella a la que sempre havia tingut por d’anar sense obrir el llum. En aquella cambra és on hi havia més rampoines i també on dormien des de feia anys els records més antics, meus i de la meva família propera. Vaig començar a obrir armaris i calaixos i a redescobrir llibres de text i apunts de l’escola, fotos meves, dels meus pares i dels meus avis, objectes de decoració passats de moda, records de viatges i d’altres experiències vitals.

De sobte, un so estrany va cridar la meva atenció. Venia de l’interior d’un dels calaixos que encara no havia obert. Primer vaig pensar que el soroll havia vingut d’una altra banda però a la tercera repetició m’hi vaig acostar més, mig espantat mig encuriosit. A veure si tindré ratolins… – em vaig dir. El so es va repetir, més fort i continuat. Eren copets i una mena de ric-ric contra la fusta del calaix. El vaig obrir amb compte i uns ullets vermells se’m van quedar mirant. Vaig saltar cap enrere espantat i vaig cridar.

-Ei!- va dir una veueta des de dins del calaix.

Això sí que no m’ho esperava. Van aparèixer unes manetes i després un caparró vermell amb banyetes.

-Hola!- va dir l’homenet.

Era un dimoniet, amb la seva cueta i tot. Tot i que per la seva mida i la seva carona afable i riallera no semblava gens amenaçador, era la primera vegada que em topava amb un dimoniet i a més dins de casa.

-Visc aquí des de fa temps. I els meus germans també- va dir l’homenet vermell.

Van començar a sortir altres dimoniets de dins del mateix calaix i d’altres racons de l’habitació. N’hi havia de molts tipus: prims, més grassonets, alguns molt més petits que el meu interlocutor, d’altres una mica més alts, també n’hi havia de diversos colors: liles, verds, grocs, blaus…

-No et preocupis, tothom té els seus dimoniets amagats en un racó de casa seva, encara que normalment tendeixen a ignorar-nos- em va explicar.

-I com és que ara heu sortit?- vaig preguntar amb nerviosisme.

-Ja estàvem fora, pul·lulant per la casa, i t’asseguro que teníem una mida i un aspecte molt menys inofensiu que ara mateix. Molts dies, mentre estaves al sofà i no et veies capaç de fer res més que lamentar-te, al costat hi tenies assegut un diable alt com un Sant Pau i d’expressió tristíssima. A les nits quan et ficaves al llit i no podies dormir hi havia dos dimonis horribles que suraven damunt del llit. Quan estaves a la cuina incapaç de fer-te res per menjar, recolzat a l’encimera n’hi havia un de grassonet i amb cara de pomes agres. Tots nosaltres fa temps que estem amb tu però tot i no poder-nos veure, has anat parlant amb nosaltres fins a fer-nos prendre un aspecte amable.

Vaig estar xerrant una estoneta més amb aquella comunitat demoníaca en miniatura. De fet, tots m’eren força familiars. Al cap i a la fi, aquell maleït confinament m’estava fent veure que la meva relació amb els dimonis depenia de la comprensió i la cordialitat amb què els tractés. Si no, tornarien a pul·lular per la casa per fer-me la punyeta.

HOLOGRAMES

La Núria va arribar a la cua que hi havia al davant de la fleca. Tothom estava guardant el metre i mig de rigor, confiant que si algú tenia el Covid19, els bitxitus que sortissin dels seus organismes a la recerca d’un nou humà per contaminar caiguessin de morros a terra abans d’arribar-hi.

panaderia copia.jpg

-Vostè està aquí?- va preguntar a un home que semblava el darrer de la filera, tot i estar-ne un mica decantat.

-No- va contestar l’home i es va decantar una mica una mica més.

La Núria va pensar que el senyor s’estava prop de la cua per tenir una coartada per saltar-se el confinament sense motiu justificat.

Si aquest no n’era el motiu i les paraules volien ser presses de manera textual, tot es tornava boirós per la ment.

Quan a algú se li pregunta si està on és i diu que no, una de dues, o la persona realment no hi és i així qui té el problema és qui ha preguntat, que s’adona que està parlant amb algú que realment no és allà, o la incongruència correspon a qui ha respost, que creu que no és allà tot, i que probablement hi és.

Potser l’home que no hi és hi hagi enviat un avatar, un doble hologràfic que pot saltar-se el confinament sense perill d’infectar-se o infectar. O potser la Núria té un problema mental que l’ha portat a imaginar i parlar amb persones que no existeixen.

Al cap d’una estoneta, la Núria va tornar cap a casa seva amb una barra pa i va saludar al tigre de bengala i als dos pangolís que tenia al menjador.

Per la seva banda, l’home que no hi era va manar al seu holograma que tornés a casa perquè tenia por de ser infectat per un avatar d’algú aïllat pel Covid19.

CZZZZZZ

Imatge

CZZZZZZZZZZZZ

Després de tres setmanes de confinament, sense poder fer res més que passejar el gos el temps just perquè faci les seves necessitats i perquè els dos estirem les cames, ja estic que m’enfilo per les parets. A més, fa dos dies que no parlo amb la Czzzzzz per videoconferència. L’última vegada que vàrem parlar em va fer sentir molt incomprès. Es veu que ella portava quasi tota la vida confinada perquè d’allà no és sempre hi fa un temps terrible, nits o dies inacabables, temperatures extremes i molt de vent. Jo li vaig dir que així ja hi devia estar acostumada però que a nosaltres ens venia molt de nou, que a fora, com a bon país mediterrani, hi feia bo i que ens protegíem d’un enemic minúscul que se’ns podia ficar a les vies respiratòries sense que l’hi haguéssim convidat i podia fer estralls amb els nostres pulmons. La Czzzzzzz va riure d’aquella manera tan peculiar i després es va posar seriosa i va dir que era un ploramiques, que hauria de viure on viu ella i que sabria que és passar-les magres.

Venus-600.jpg

La vaig conèixer pel Tinder. Com que l’únic que volia era fer-la petar una estona i no tenia pensat quedar per fer un cafè ni res, en les preferències geogràfiques vaig posar que m’anava bé que fos de qualsevol lloc, tant m’era si vivia a Esplugues com a Armènia. De fet, abans de conèixer-la vaig parlar amb una russa, una veneçolana, una coreana del sud i una islandesa. Per qüestions de l’idioma em vaig entendre millor amb la veneçolana. Amb les altres ens fotíem un embolic amb el traductor de google. I finalment vaig topar amb la Czzzzzz. El primer que em va dir és que li agradava la meva barba i que tingués la cara tan simètrica. Ella, al principi no em va pas entrar pels ulls, la seva bellesa no era exòtica sinó el següent. Però tot i que la distància geogràfica, cultural i lingüística era abismal, ens vam entendre a la primera. Ai, els quilòmetres i les paraules no són res quan dues ànimes germanes es troben.

A la tercera conferència, a part de l’ànima, ens vàrem despullar també els cossos. Vaig resseguir la seva anatomia daurada i voluptuosa amb la vista, salivant com mai havia fet. La Czzzzz era espectacular, diferent de cap femella que hagués vist mai en persona o en qualsevol pàgina web de porno. A ella també li va impressionar la meva anatomia, més aviat vulgar, amb la meva panxolina de quarentó, el meu pel mal distribuït pel pit i el meu penis de mida mitjana-baixa i una mica tort. Em va dir que mai havia vist ningú com jo. L’estranyesa davant la nuesa de l’altre era inversament proporcional a la familiaritat amb què es tractaven els nostres esperits.

El sexe on-line ja va ser una mica més complex. Teníem maneres molt diferents d’entendre’l. Potser aquí la distància cultural sí que hi tenia molt a veure. Tot i això vàrem aconseguir corre’ns a l’hora, jo amb aquest patetisme breu i agonitzant que caracteritza els homes i ella amb una explosió sostinguda de plaer universal que em va deixar garratibat.

Però la confiança de vegades fa fàstic i, havent superat la prudència dels primers dies, vàrem començar a dir el que pensàvem en les qüestions més dispars: política, relacions, religió, canvi climàtic. Ella es va posar les quatre mans al cap quan li vaig dir que érem monoteistes i que utilitzàvem combustibles fòssils. Tampoc va entendre que quan els nostres polítics s’equivoquen no se’ls enviï a l’espai en una nau minúscula perquè acabin de passar la resta de la seva vida orbitant el planeta i lluny d’on puguin fer mal. Potser és que estem poc avançats. ‘I tant, ja sé que o vinc jo per veure’t en persona o tu ho tens clar, formant part d’una espècie que no ha anat ni a Mart’, em va dir amb les seves tres boquetes sexis.

La Czzzzz és una canya, encara que tingui quatre mans, tres boques, tentacles en comptes de cames i quatre pits amb dos parells de mugrons a cadascun d’ells. Vaig al·lucinar quan em va dir d’on era. I jo que em pensava que la foto i la informació del perfil era una conya. Espero que quan acabin les tempestes solars, a Venus són molt freqüents, i l’emprenyada, puguem tornar a xerrar i enrotllar-nos per videoconferència.

David Puig Ferrer